juan sasturain

Dir. Biblioteca Nacional Buenos Aires and  family friend

DE JUAN PARA JUAN

Juan se bajó de la moto

Con Juan, un mendocino que no vivió nunca en Buenos Aires, nos conocimos a fines de los ochenta en España. Tal vez me equivoque, pero creo que fue en Sitges, la playa cercana a Barcelona en la que se había instalado como pionero Horacio Altuna a principios de la década, y por la que pasaron varios de los amigos dibujantes que nos tocó tratar y admirar. Juan había vivido antes en Madrid –tal vez fue ahí que lo vi–, pero fueron vecinos con Horacio durante más de treinta años, si no me acuerdo mal. De todas maneras, él iba y venía en moto de un lado a otro, kilómetros y kilómetros con Silvia, su mujer, pegadita a sus espaldas. Un loco de las dos ruedas, Juan. Y de las máquinas en general: era lo que más le gustaba dibujar.

Precisamente comenzamos a admirar su pericia cuando hizo “War III” con los guiones del inagotable Ricardo Barreiro, obra maestra. Hacían una dupla rara con Ricardo: Juan era metódico y ordenado, casi maníaco; el querido Loco, un petardo. Y funcionaban –como las máquinas y las armas extrañas que inventaban- y se querían.

Cuando en la vieja Fierro -al poco tiempo de salir, a mediados de los ochenta-, hicimos un concurso, los jóvenes lectores lo votaron como mejor dibujante. Y ahí había pesos pesados como Muñoz, Mandrafina, Enrique Breccia, el mismo Horacio… Es que la ciencia ficción pegaba fuerte entonces y él ganaba ahí, era el mejor en ese registro. Lo jodíamos con que dibujaba siempre armas, aviones, gente con casco y guantes, que le rajaba a la dificultad de las orejas o las manos… Se reía, Juan: tenía un humor lindísimo, una risa abierta y contagiosa. Y dibujaba, y crecía, y nos hacía callar: un narrador excepcional.

Y un día el famoso Alejandro Jodorovsky -chileno universal, gurú internacional- lo eligió para ilustrar historias del tipo de las que hasta entonces había dibujado Moebius, el modelo absoluto; ahí Juan pasó a jugar lo que se dice en Primera y en colores. Y no se bajó más. Sin embargo, si nos dieran a elegir, muchos nos quedaríamos con el blanco limpito de “Basura”, que hizo con Carlos Trillo –la línea pura y minuciosa parece Alejandro Sirio, cita, juega, mete por ahí al muñeco de Michelín…-, o con alguna extraordinaria reversión de Ernie Pike que Oesterheld hubiera mandado a la tapa de Hora Cero. Seguro.

Dos más, que me acuerdo ahora. La primera vez que fui a Madrid, me llevó en moto al departamento del recluido y admirado Juan Carlos Onetti, circunstancias de una memorable humillación que he contado alguna vez. Y en ese mismo viaje vimos, en el cine, el estreno de Silverado, el western de Kasdam, con protagonistas en banda. Y lo disfrutamos, coincidíamos en el género. Tendría que fecharlo, eso.

La otra y para terminar –tengo un dibujo que me regaló entonces– fue en Sitges. Una noche, el siglo pasado (se dice así, increíblemente), me explicó qué era un fax… y cómo lo usaba para mandar los bocetos de sus tremendas ilustraciones para Heavy Metal, la revista yanqui. Me acuerdo de cómo me deslumbró la magia de la transmisión de imágenes, el ruidito de la máquina, la sonrisa entre orgullosa y cachadora de Juan. Un pibe con un juguete nuevo. Grande.

Nuestro amigo Juan Giménez se acaba de bajar de la moto.

Buenos Aires, 2 de abril de 2020

CIRUELO CABRAL

Artist and family friend

PRÓLOGO LIBRO HOMENAJE A JUAN GIMENEZ

Un día en 1992, durante una charla con Juan en su estudio en Sitges me confesó que sentía una obsesión inexplicable por la Segunda Guerra Mundial desde muy niño. Los aviones eran el principal objeto de una fijación que no respondía a influencias de familiares o de amigos y que por eso a él mismo le parecía un misterio. Yo, por mi visión esotérica de la vida, le dije que podía tratarse de recuerdos de una vida pasada como piloto de guerra. Él no era muy aficionado a esos temas pero no negó mi atrevida idea y siguió comentándome datos importantes para él como fechas y lugares determinados, modelos específicos de aviones y nombres de pilotos. No recuerdo con precisión todos los detalles pero mencionó un piloto en concreto, un tal Adrian algo… de las fuerzas aliadas… no recuerdo si era Inglés o Belga… dijo algo sobre un avión provisto de cámaras fotográficas en vez de armamento…  La cuestión es que a partir de ese momento empecé a llamarlo Adrian en vez de Juan.

Lo hice siempre dentro del clima de humor que caracterizaba nuestra amistad. Aunque la broma duró casi treinta años.

Juan era un tipo extremadamente simpático y conversador, la persona menos bélica que uno pueda imaginarse, así que su afición por la guerra y las armas solo podía entenderse como la visión de un ingeniero mecánico, un diseñador, un fotógrafo y reportero más que la de un militar. Desde su mesa de dibujante él diseñó su propia evolución tecnológica llevando sus artefactos de guerra por todas las galaxias con la lógica de un ingeniero extremadamente creativo.

Los guionistas que escribían para él sabían que sus dibujos agregarían a la historia mucho más de lo que el guión pedía y que retrataría con genialidad las historias humanas junto a la evolución inteligente de las máquinas. Era un meticuloso Constructor de Universos y su arte hacía que cualquier historia que producía fuera creíble. Ahí radicaba su éxito.

A menudo yo le decía «Adrián, creo que vives en los mundos que dibujas más que en éste». Se lo decía cuando dibujaba detalles secundarios dentro de los cuadritos como quien conoce muy bien esos mundos y no puede evitar añadir historias paralelas. Y también se lo decía porque solía esconderse de la sociedad encerrándose en su estudio y en su rutina. Lo cierto es que él vivía para dibujar, primero porque disfrutaba mucho haciéndolo y después porque su trabajo era inmensamente apreciado por el público.

Ahora que se ha ido pienso, fiel a mi idea de la trascendencia de la vida, que sigue trabajando en proyectos futuristas bellos y prácticos, creando universos en otras dimensiones e inventando tecnologías más allá de cualquier ciencia. Ya no es Adrian ni Juan pero es el mismo de siempre. Porque en el universo nada se pierde sino que todo se transforma. Y su esencia perdurará con la misma capacidad creativa y también con el mismo humor jovial que siempre lo caracterizó.

perez d’elias

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CARLOS GIMENEZ

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Manuel sanjulian

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salvador larroca

Comic artist and friend

PARA JUAN GIMENEZ…

Salvador Larroca (@SalvadorLarroca) | Twitter

Me llamo Salvador Larroca y soy dibujante de cómics. Pero bien podría no haber sido así. Y es que aunque siempre ha disfrutado dibujando, hasta los 17 no consideré seriamente hacer un cómic.

No recuerdo la edad, solo las sensaciones, aunque creo andaría por los 13 años… Entonces, no me sobraban amigos, pero ya había descubierto los cómics de Vértice, en blanco y negro, horrorosamente montados. Aquello era Marvel en España, por cierto. Me gustaban los superhéroes, pero un día vinieron a casa un matrimonio, amigo de mis padres. El hombre y yo hicimos buenas migas, él se identificaba conmigo cuando tenía su edad y digamos que me tomó como una especie de sobrino postizo.

Algunas tardes de verano, venía a jugar al frontón conmigo. Él me veía dibujar, sabía que me gustaban los tebeos y era otra cosa que teníamos en común. Me contó que tenía un buen montón de cómics de los que se iba a deshacer.  Él los compraba, los leía, pero no los conservaba. Así que los heredé, me regaló una torre de ellos y se libraron de ir al trapero.

Fue un descubrimiento, un paso hacia la adultez. Pasé de los tebeos de Bruguera, Mortadelo y Filemón, a Infinitum 2000 y cosas así. Estos tenían un dibujo realista, recopilaban historias de fantasía cortas de diferentes autores, más dramáticas, mucho más complejas, cada uno con su estilo, los amé al instante.

Unos años después, surgieron en España Toutain Editor y una pléyade de revistas de temáticas varias: ciencia ficción, terror, comic urbano, etcétera. Yo lo leía todo. Los dibujantes molaban, tenían gran corrección técnica, pero no todos se quedaban eternamente en mi retina. Algunos eran capaces de hacer magia, pero otros no me deslumbraban. Solo los primeros, las verdaderas estrellas podían estar en el cuadernillo interior de 16 páginas a color de la revista.

Hay un día de aquellos años que no olvidaré jamás. De hecho, viene a mi cabeza con mucha frecuencia, cada vez que me preguntan, con recurrencia, por qué me dedico a esto. Fue cuando, en una librería de viejo de Valencia, encontré un verdadero tesoro apilado en un rincón, entre libros de fotografías de aviones y decoración, en la sección de saldos. Era un montón de número atrasados de la revista Toutain. A mis ojos, fue como hallar el cofre del oro hundido en un bajel español de la época de Hernan Cortés. Los compré todos.

En los tiempos sin internet, para completar una colección, había que recorrerse cada mercadillos y tienda de segunda mano, y rebuscar hasta encontrar el número suelto que te faltaba. Hallar, por lo tanto, una serie completa y a un precio asumible para un chaval de 17 años me dio una sensación de triunfo como no he sentido nunca. Gasté todo mi dinero, incluso el del autobús, y cargado con dos bolsas (para lo ligero que es, ¡hay que ver lo que pesa el papel!), caminé la decena de kilómetros que había entre la tienda y mi casa, cansado, pero pletórico.

Hojeando uno de los cómics recién adquiridos advertí unas páginas distintas, tratadas en escala de gris, no a tinta como las demás. Se trataba de un dibujante americano, en una historia serializada llamada Bloodstar. Era Richard Corben y fue el primer dibujante de la historia que realmente me impactó, tanto que me impelió a decidir con convicción que iba a ser dibujante.

Y, después de esa emoción, cuando creía que ya lo había visto todo, me topé con otra historia en la revista 1984, en el cuadernillo central y en color. Se llamaba Cuestión de tiempo y trataba de paradojas espacio-temporales, un argumento que adoro.

Así como el Bloodstar de Corben me alucinó por sus figuras humana, tratadas con sencillez y soltura, y por un uso de la luz no igualado por nadie hasta la fecha, en mi modesta opinión, en esta otra historieta, el autor era capaz de dibujar increíblemente bien las máquinas, los fondos, las naves, las personas, con un estilo propio muy particular. El artista era Juan Giménez, con G. Supe entonces que ya nunca olvidaría ese nombre. De aquellas, creí que de pura admiración; la vida me albergaba la maravillosa sorpresa de que llegaríamos a ser buenos amigos.

Dibujar molaba, pero lo que hacían esos dos artistas era otra cosa, otra dimensión del arte, era eso lo que yo quería aprender a hacer. Dedicar la vida a conseguirlo me pareció la mejor opción, la única.

Hasta hoy, he seguido todos sus trabajos, allá donde se publicasen y sin importarme el idioma o formato, porque lo que busco no es la historia, sino deleitarme en los primorosos dibujos, la composición y el diseño. De Corben he aprendido mucho, pero mi mente está diseñada como las piezas de un lego y el diseño mecánico me fascina. Así que nombré mental y unilateralmente a Juan mi Maestro.

A él le hacía mucha gracia eso, decía que no había hecho nada para ganarlo y se equivocaba. Así como Henry Ford inventó la producción en cadena del automóvil, modificando la vida de todos los anónimos habitantes del planeta, Juan había hecho eso conmigo, aun cuando ni siquiera aspiraba a conocerle.  Bueno… Eso no es del todo cierto porque puse verdadero empeño por conseguirlo y trasmitirle mi admiración.

Hay muchos artistas que me encantan, me parecen buenísimos, mucho mejores que yo, por supuesto, pero sólo dos han marcado la diferencia para mí, solo Richard y Juan. Porque lo más emocionante de mi profesión ha sido conocerlos y, sobre todo, llegar a ser amigo personal del segundo.

Quién me iba a decir a mí que mi Maestro me llamaría un día a mi casa para interesarse por las cosas que andaba haciendo o para decirme que le había gustado mucho una exposición mía. Más aún. Cómo podría haber esperado que ese ídolo que era para mí, más de una vez nos animara a hacer una de nuestras quedadas “solo de chicos”, junto a nuestros también buenos amigos Ángel Unzueta y Koldo Azpitarte.

La primera vez que hablé con él en persona, de tú a tú, fue en su casa. Yo aún no había cumplido los 18. Un grupo de amigos habíamos decidido montar un fanzine y pensamos pedirle a Juan algo para publicar. Le visité en Madrid y me enseñó su estudio y sus trabajos. Yo le mostré los míos y tuvo la paciencia de un santo aguantándome el rollo. Aquella revista de colegas jamás salió, pero por ella surgió la simiente.  

La segunda vez que le vi yo ya era profesional. Fue en la primera edición del Salón de Avilés, ambos habíamos sido invitados. Cuando me lo encontré, yo le recordé aquella aventura de chaval, cuando, con tanta amabilidad, me recibió en su casa. Él no se acordaba. Entonces, recuerdo con una mezcla de cariño y horror que, mientras yo respondía a las preguntas de los periodistas en una rueda de prensa, él se puso a hojear una edición española de mi Ghost Rider. Recuerdo estar argumentando ante la prensa, con aplomo, tratando de trasmitir seguridad en lo que decía, pero temblar internamente, viendo el deambular de Juan por la sala, observando mi trabajo (¡mi maestro observando mi trabajo!), tratando de percibir si hacía alguna mueca de desagrado inconsciente. Juan estaba descubriendo qué hacía el artista que le admiraba tanto y yo estaba experimentando, como un novato, la presión y la vergüenza de estar siendo juzgado por él, “THE MAN”, con permiso de Stan Lee. Solo podía pensar en los errores que había cometido en aquellas páginas –los autores me entenderán- que estaban en las manos de una de las personas más virtuosas que yo he conocido.

Fiel a su bonhomía, mis pocas habilidades artísticas no fueron un lastre para que de la experiencia vivida entre los dos esos días naciera una hermosa amistad y que hubiese muchos más encuentros profesionales posteriores, siempre divertidos y agradables, como el último que protagonizamos juntos en Galicia, durante el Curtas Fest.

Pero, como es lógico, los más entrañables fueron nuestro encuentros personales. Largas veladas de risas, disertaciones sobre comics, nacimiento de ideas, proyectos comunes, haciendo pandilla con Ángel y Koldo, lejos del ruido de las convenciones y las mesas redondas. Si algo me pesa es que no haya dado tiempo a hacer realidad alguna de esas colaboraciones planeadas…

No soy un gran conocedor de su biografía, desconozco cuántos premios tiene, por ejemplo. Pero sé lo que tengo que saber para quererle y ahora echarle de menos. Y me hace sentir muy afortunado la reciprocidad de ese cariño. Y más allá de eso, mi maestro, como lo he llamado varias veces en este texto y como lo seguiré considerando siempre, supo de mí, conoció mi trabajo, en parte, inspirado en él, y me respetaba. Eso vale para mi más que mil buenas críticas y más que mil galardones de prestigio. Nadie puede quitarme eso ya.

Durante mucho tiempo, los años de abrirse camino, de regalar mucho trabajo, de la constancia por la fe, de apostar a ciegas por atinar una diana diminuta con la fuerza de vocación, el balcón de casa de mis padres, que era mi estudio de circunstancia, estaba decorado con todas mis pasiones: un póster de Den de Corben, los X-Men de Arthur Adams, los Stones, y, por supuesto, una de las páginas de Ciudad, firmada por Juan en un Salón del Cómic de Barcelona. Una vida entera. ¡Qué fácil es todo a veces!

ANGEL UNZUETA

Artist and family friend

vicor hugo arias

Artist and friend

PARA JUAN

Recuerdo aquel día que llegó en bici a casa y tocó timbre, porque le habían dicho que había un tipo que hacía historietas y él lo quería conocer.

Me gustó su semblanza y más aún sus bocetos, que aún tiernos, revelaban talento. Venía siempre a casa a dibujar mientras yo preparaba mis trabajos para Inglaterra.

Yo era Profesor de Bellas Artes pero tenía tiempo para las historietas. Después de muchos años de mi residencia en Italia, junto con mi familia, recibí con agradable sorpresa, una carta de Juan, desde Mendoza, donde se había enterado de mi regreso a través de Skorpio que empezaron a publicar mis dibujos, y  él seguía siempre con su pasión por los cómics.

Me pidió que le presentara al director de Skorpio, una historia de guerra que me envió, muy buena, y que le hiciera algún retoque a las caras, si fuera necesario, ya que no eran su fuerte todavía,

Lo presenté y allí empezó exitosamente su profesionalismo. Reconocieron su calidad y después me visitó con su esposa trayéndome de obsequio una caja de finísimos vinos mendocinos…y a festejar. 

Estando él en Europa  y yo aquí nos hemos visto pocas veces, salvo cuando venía al país. La última ocasión (foto) fue cuando me visitó en Córdoba, en mi casa año 2017. Era lúcido, coherente, con buena dicción y sobre todo fue un verdadero fuoriserie.

Víctor Hugo Arias

Córdoba, Argentina, octubre de 2020

KOP

Artist and family friend

ENZO VENDEMMIA

Producer and family friend

JUAN DAMIAN CORREA

Editor

A mediados de la década de 1990, a unas pocas cuadras de la casa de mi abuela (donde vivía en ese entonces), había una esquina con un negocio que recuerdo haber visto siempre cerrado, hasta una tarde. El póster de un personaje de animé, que yo consumía en ese entonces, miraba con gesto combativo al otro lado de la única puerta sin persianas bajas de ese local.

Para mí y mis amigos, como si estuviéramos en alguna película de grupo de niños en los ochenta, ese local empezó a ser un lugar misterioso, al cual queríamos acceder pese a todo. Un día, uno de los dueños nos vio merodeando una vez más y salió para regalarnos historietas. Ante las repetidas visitas, empezamos a hacer -falsas- labores, que nos representaban una paga en papel, pero no moneda, sino papel viñeta.

Ya había leído El Eternauta con mi viejo, en un ritual que él había creado muchos años

atrás. Con tal de que yo leyera y él pudiera acercarse a mí, era capaz de leer todas las noches un montón de dibujitos con globos de texto. Tengo una pésima memoria, pero aún hoy recuerdo oírlo a lo lejos contándole a mi vieja lo increíble de los sucesos que atravesaba Juan Salvo noche a noche. A esa lectura se sumaban Mafalda, Patoruzú, Lupin, pero no mucha más historieta nacional. En algún momento, el cómic de superhéroes y el manga se habían apoderado de todo mi tiempo de lectura.

Ese lugar donde enrollaba pósters, acomodaba revistas o simplemente merendaba, era La Revistería, en aquel entonces una minúscula distribuidora, que con los años sería lo que hoy conocemos. La infinita generosidad de sus dueños me permitió durante años

poder elegir el libro que quisiera para leerlo y devolverlo. Tenía el mundo de la historieta a mi alcance, pero ciertos tomos, más acartonados (y lo digo porque eran pesados libros de tapa dura), me parecían una lectura ajena, para gente más grande.

Hasta que un día me crucé con Othon, el tatarabuelo. Era el primer tomo de una saga llamada La Casta de los Metabarones. Esa fue mi primera historieta “europea”, y cambió mi percepción de ese arte para siempre. Yo, acostumbrado a coloridos personajes todopoderosos, o divertidos luchadores a un solo color (al menos en su versión impresa), de repente tenía sobre mis manos escenarios y protagonistas con un tinte que no podía no traducir de otra manera que “más realista”. Esos grises azulados, manchados, esos fondos y texturas eran nuevos para mí. Y ese realismo cromático poco tenía que ver con lo que allí se narraba.

La Casta era una historia de ciencia ficción, pero también una de caballeros y épica, y en cada tomo un robot llamado Tonto narraba la historia de un integrante de esa familia de guerreros legendarios. Cada uno de ellos mutilado por su antecesor, quien previamente lo preparaba y que luego, con esa marca (que de superficial tenía poco), de alguna manera trazaba el destino de su predecesor. Cada Metabarón debía aniquilar a su maestro. Ese parricidio era su prueba final. Y con cuerpos incompletos, pero remendados con la última tecnología robótica, debían salir tras su destino.

Para ese entonces, un personaje para mí no solo era inexpugnable, sino también inmortal. Sólo había visto al hombre de acero caer, pero ya en ese entonces había olor a humo en dicha perdida y sabíamos que volvería. Aquí tomo a tomo debíamos hacernos a la idea de que en su propia lógica era necesaria la muerte como factor de vida y continuidad. Podíamos encariñarnos con cada protagonista, pero a sabiendas de que lo lloraríamos varias páginas después. Y a su vez cada tomo era autoconclusivo dentro de una trama mucho mayor, la más importante: la familiar.

La Casta fue formativa. Porque tanto su historia como su arte, en perfecto tándem, dialogaban con una multiplicidad de temas que me apasionaban, o que lo harían de ahí en más. La ciencia ficción, la tragedia, la filosofía, el amor y el arte pictórico. Podía estar muchos minutos detenido en una viñeta absorbiendo toda esa información que había en cada combate, paisaje o nave interplanetaria. Y mi pasión por el dibujo, que era un hobby, se intensificó. Empecé un curso de historieta, y en él, mi buen amigo Carlos Bulzomí siempre decía: “Todo se resume a Moebius”. Entonces seguí con El Incal, y sorpresa. El Metabarón era un personaje secundario de esa historia. Como si hoy a un sorprendido por la serie televisiva The Mandalorian le dijeran que eso es parte de algo llamado Star Wars… Lo sé. Sepan entender que por ese entonces mi consumo era a los manotazos y sin Google de salvavidas.

Y durante años dibujé rostros en ese estilo “metabarón”. Cada tapa de esos libros era, como su interior, una obra de arte. No tengo dudas de que mi gusto por la pintura también comenzó ahí. Lo increíble fue que, al tiempo y probablemente gracias a otro gran amigo y en ese entonces compañero de trabajo, Ricardo Villarreal, descubrí que sus autores, lejos de ser europeos como lo eran esos tomos que venían cada tres meses de España, eran latinos. ¡Ah! No todos los cómics de superhéroes estaban hechos por americanos, los mangas por orientales, y los europeos por…

Y no solo eso, el genio detrás de esas acuarelas era argentino, mendocino para ser más preciso. Juan Giménez y el chileno Alejandro Jodorowsky creaban esa dupla que me conmovía. Fue tal mi fascinación que no solo se lo hice leer a cuanto amigo pude, sino que con Ricardo incluso empezamos a trabajar en un plan para editarlo, cuando aún tener una editorial de historieta no era ni por cerca un anhelo para mí.

Esto puede sonar muy poco verosímil e incluso forzado. Pero horas antes de recibir el mensaje de que Juan Giménez había sido uno de esos tres fallecidos del día por la pandemia que estamos atravesando, yo me había cruzado con algunos cuadros que aún, posmudanza, no encontraron su lugar en la casa. Recuerdo esa tarde de 2001 en la convención ExpoComics & Animé, en la que no le dije palabra. Cuando llegó mi turno y lo tuve adelante, solo lo vi dibujar. Pocas veces se puede presenciar un momento artístico tan íntimamente. No me animé a pedirle nada. Trazó con velocidad algunas líneas con fibra, y luego con aguadas manchó con soltura, como si eso fuese para él casi tan orgánico como respirar.

Luego llegarían otras tantas obras de Juan a mi lectura, como Ciudad, pero no creo que sea el momento de detallarlas. Siento que este texto falla en hablar de la obra de Giménez, como me pidió el hermano Martignone (para el site sobrehistorieta.wordpress.com). Pero para mí, esta anécdota es la que tengo presente cuando pienso en Juan.

Ser aquel que me abrió las puertas de “otro” noveno arte y formó gran parte de lo que soy hoy.

Como me supo poner hace veinte años.

Para Juan de Juan.
05 . 04 . 20

marcelo marchese

Artist

Si, hermoso. Te juro que era hermoso Juan, Muy gracioso y en el medio de sus bromas y comentarios tiraba data de técnicas, sin ningún secreto. QUINO un poco más tímido pero también con sus comentarios ingeniosos, brindando todo su conocimiento a a cualquiera que se le acercaba, los dos unos Maestros tremendos. He visto que en cualquier momento alguien les pedía un dibujo y ahí nomás le hacían algo dedicado.

Admirables siempre

angel de la calle

Artist and family friend

Creo que fue en 2008,  en la Comic Con de  Nápoles. Los organizadores nos ofrecieron una excursión a Capri o  Pompeya, donde prefiriésemos. Yo elegí Capri, por la mítica y la literaria cosa de Lord Byron, Gore Vidal y tal. Y por las pelis setenteras donde maravillosos Ferrari rojos surcan las cálidas carreteras de la isla, con el mar, en technicolor, al fondo. En fin, sueños de niño pobre del franquismo.

Pero mi compañero de habitación, Miguel Ángel Martín, me dijo que él ya había estado en Capri y que le gustaría conocer Pompeya, que si no me daba más cambiar, porque tenía que ser el mismo lugar para todos los hispano hablantes, y si yo elegía Capri, iríamos a Capri.

Me sentía generoso, así que cedí. Nuestros compañeros de viaje serían Silvia y Juan Giménez.

A la mañana siguiente allí estábamos. Ellos dos y yo, con el conductor que nos llevaría a Pompeya desde la napolitana avenida Partenope, donde estaba nuestro hotel.

Miguel Ángel, se excusó, estaba muy enfermo y no podía levantarse. Algún problema alimentario, decía (demasiadas copas en la noche, maliciaba yo).

Total, que allí nos fuimos Silvia, Juan y yo en un coche de la organización del festival, con un jovencísimo y voluntarioso chofer, que descubrimos enseguida que no sabía ir por carretera a Pompeya. Se las vio mal para salir de Nápoles, nos perdimos por los barrios donde se ruedan los exteriores de series como Camorra, cruzamos suburbios que parecían zona de guerra y cuyas renegridas calles habían perdido el nombre.

De alguna manera, nos encontramos, tras alguna hora de idas y venidas, en mitad de los campos de cultivo de tomates que rodean Nápoles, con las cunetas llenas de bolsas de desperdicios, ya que era el año de la famosa huelga de la basura en aquellos lugares.

El conductor ya nos reconoció que no sabía como seguir, no tenía GPS, y el manoseado mapa que llevaba era tan incomprensible para él como para nosotros.

Y  en el arcén, en mitad de un campo polvoriento, apareció la única persona que se encontraba en aquella tierra olvidada de dios y el diablo. Al acercarnos Giménez y yo nos miramos.

Aquel hombre era Hugo Pratt. Nuestro joven conductor bajó la ventanilla y habló con él. Por la

sonrisa en la cara del chofer vimos que ya sabía cual era la dirección correcta hasta Pompeya. Pratt saludó con la cabeza. Y partimos. Con la mirada Giménez y yo acordamos que era una maravillosa metáfora, Pratt nos señalaba el camino. Y más maravillosa aún si se tiene en cuenta que Hugo llevaba casi una década muerto.

Sólo una vez, en la Semana Negra, volvimos Juan y yo a hablar de ello. Joder, dijimos, era Pratt, viste.

Ángel de la Calle